Wes Anderson en la Cinématheque Française: fan de sus cuadernos, pero sobre todo de su forma de conectar con los recuerdos

Otro de los pecados que he cometido como cinéfila es no ir lo suficiente a las exposiciones de la Cineteca. A diferencia de las visitas que hacía en México, mi apetito por cine internacional aquí se cubre mucho más fácilmente y no es necesario ir a la Cineteca para ver cine fuera del comercial (de hecho, creo que subestimo el hecho de que aquí sea tan fácil ver cine de otras partes del mundo, pero esa reflexión y mis experiencias en los cines independientes, las guardo para otra ocasión).

Después de casi 12 años aquí, mi primera vez en la Cineteca Francesa fue este pasado mayo cuando visité la retrospectiva de la carrera de Wes Anderson. Un cineasta que creo que es el más conocido de mi generación, o uno de los que más impacto ha tenido. Así como Spielberg o Lucas en los 80-90, creo que pocos nombres figuran tanto para los millennials como el de este director.

Simplemente llamada “Wes Anderson, la exposición” e inspirados totalmente en la estética de sus películas, encontrabas milimétricamente colocados algunos de su cuadernos, objetos y decoraciones de cada película dentro de su filmografía.

Puse “algunos”, porque hablando de manera general y con el detalle que tiene la sección de “Bottle rocket” (su ópera prima, que por cierto, no he 

visto), el resto no tenían la misma cantidad de objetos o detalles (cosa que me extrañó sobre todo con Moonrise kingdom o French Dispatch, que fue filmada no hace tanto tiempo en Francia).

A pesar de que creo que la exhibición se quedó un poco corta en mostrarnos un poco más sobre la pre-producción o la misma filmación, o enseñarnos más objetos  (sobre todo de las más recientes como The Island of Dogs, The French Dispatch o Asteroid City) para ver cómo fue el desarrollo de cada una. Yo quería ver la misma cantidad de objetos de Bottle Rocket para Hotel Budapest o The Life Aquatic with Steve Zissou e incluso saber cómo fue el casting o anécdotas de la filmación. 

Yo pensé que iba a ver una exposición que hablara directamente sobre la forma de sus películas, un poco como esos detrás de cámaras que venían como extras en los DVDs de antes. Pero creo que más bien todo estaba encaminado a que conociéramos más a Wes como artista a través de los objetos más icónicos de cada uno de sus trabajos. 

En la exhibición se podían ver varios cuadernos dedicados a la descripción de escenarios y personajes. El modelo del cuaderno – que conserva hasta la estampita con el precio- es el mismo que ha usado Anderson toda la vida, compró varios del mismo tipo para mantener esa tradición. Eso dice mucho. Con ver que usa un solo tipo de cuaderno durante décadas, comencé a entender cuál era el punto de esta retrospectiva: conocer la mecánica y motivaciones sobre cómo este dedicado chico estadounidense trabaja exhaustivamente para crear mundos completamente únicos. Era más sobre el fondo que la forma.

En casi cada esquina encontrabas enmarcadas las íconicas cartas que se mandan sus personajes en varias películas y me di cuenta cuán importante es para Wes escribir, sentir, la relación epistolar es central en su obra. Las cartas, las valijas, los recuerdos son algo que se veía al inicio de la expo en los objetos de “Bottle rocket”, pero igualmente en la parte de “Moonrise Kingdom” o “Asteroid City”. Reflexionar sobre nuestro propio bagaje emocional, los objetos y personas que nos han marcado o formado y ver cuánto se parece al suyo, eso es Wes Anderson.

Los amigos, la familia, lo que cargamos en la maleta, nuestra comunicación con el otro, son sus constantes y si a alguien le aburren, bueno, eso es lo que este director tiene para mostrar y sobre lo que puede construir.

Quiero creer que a Wes le falta mucho aún por enseñarnos, así que esto sólo era una muestra de los objetos más representativos de su cine, no necesariamente para hablar sobre el proceso detrás pues supongo que si se metiera en el desarrollo de cada una, al ser tan, tan meticuloso, la exhibición sería cuatro veces más grande e igual abarcaría solo una película.

Su cine meticuloso, con gracia, empático, tierno y divertido adquiere sentido al caminar entre todos estos objetos ahora íconos de su filmografía. Sí que me resultó emocionante ver “en persona”  los uniformes deportivos y el abrigo de Margot de los Tenenbaum, la miniatura del Hotel Budapest, los trajes y accesorios de boy scout de Moonrise Kingdom y algunos títeres de Fantastic Mr. fox o The Island of Dogs… Se ve que Wes ha transformado sus propias memorias y recuerdos en íconos con los que nosotros también nos podemos identificar. 

Aunque sus mundos parezcan una fantasía lejana, son mucho más cercanos de lo que parecen. Me fui acordando poco a poco de diversos momentos de esas historias, de cuando las vi, de cuando me disfracé de Agatha de Grand Hotel Budapest o comencé a conocer la música francesa gracias al soundtrack de Moonrise Kingdom (algo casi premonitorio dado que terminé viviendo aquí) y confirmando por qué es definitivamente uno de los cineastas de mi generación. 

Como fan del cine en general, fue interesante ver que a Wes Anderson se le puede juzgar de entregar el mismo tipo de películas, pero gracias a esta retrospectiva, al recordar y ver el alma del director detrás de ellas, llego a la conclusión de que no debe confundirse la apreciación de su estilo con su calidad creativa para crear y meternos dentro de esos micromundos.

Aunque en la forma a veces parezcan el mismo, son de verdad únicos. Unos más interesantes que otros, claro que sí, pero eso tal vez lo creo porque en las últimas tres lo veo muy “engolosinado”, es decir, tratando de contar demasiadas historias a la vez. 

Hay demasiado, demasiado en esa cabecita texana (que creo que ahora vive en mi misma ciudad) y esa es la gran noticia. Me fui contenta de saber que con una libretita más que llene con una sola historia que no trate de comerse a las otras, volveremos a conectar (porque con el Informe Fenicio, nada más no).

Wes Anderson, la exposición

Cineteca Francesa, Marzo – Julio 2027 

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